viernes, 18 de diciembre de 2009

Javier Foguet, En viaje

En viaje

Javier Foguet*



1

He aquí los hombres que me impresionaron:
el que apuntala su casa
con grandes árboles que no verá;
el hombre detrás del cementerio
que amusga los ojos porque allí se abre el paisaje
y todavía no ha sentido la tibieza de los aplausos
por regresar vivo, cada vez y sencillamente;
el que ha vuelto a escribir después de mucho tiempo
y aún es joven y dice que fue igual a encontrar un río,
cuando ya no se dice: estoy feliz, he encontrado un río,
toda la siesta he nadado en oro y el sol me seca la muerte.


2. Contra la soberbia

La importancia de tus ojos
está en la sombra,
como un tizne viejísimo,
que acumulan en sus orillas.
En estos días no he visto poetas,
hombres que sepan viajar
y no ignoro que es un peso
que cae precisamente sobre mí.
Pero he visto tus ojos.
He visto tus ojos.


3

Es ésta –yo que atendí
el abismo de que provenía
el extrañamiento
de tu pregunta: ¿esa música?...—
toda la magia en que creo.

a Josefina Sánchez


4

Si también hoy elijo las horas
de la tarde ya avanzada para ir
por el camino largo del Espinillo a San José,
toda la magia se habrá trasladado
a la geología del cielo, anfiteatro abierto
de cal y cobres, filones acuosos que lo atraviesan
(en San José el cuerpo de la nube
de la oración se abisma en el color
del espacio pero sus contornos iluminados
crean un rayo perdurable, blanco
sobre la espesura de una probable tormenta)
y los árboles son también sus descargas verdes
y las lomas del paisaje bajo el cielo
ocupado espaciosamente por las aves
de plumaje desértico
según los vientos que corren altos
y traen agitada dicha
a estas tierras.

para Inés Aráoz


5

Has llegado también aquí.
Como si hiciéramos las mismas rutas.
Acaso no voy a tratarte
a darte mi palabra
si te concentras cada vez
en el mismo fragmento de paisaje
en el mismo árbol donde he decidido
acabará el día
(aquel de Pelca
o este eucalipto
que respira
como un fuego).
Y tienes mi memoria exacta
toda vez que nos encontramos
donde no estamos
sólo que tiempo atrás
y siempre como desde el otro mundo.


6

Hoy te confundes con la noche,
que es otro lago sobre la caleta,
hasta que sólo tu voz se hace clara
como el oleaje
o el envés de los eucaliptos
y lejana
aunque de este modo regresas
más idéntica a ti misma
ahora que eres todo
el olor viajero y vacío
de estas orillas.


7 (en viaje)

Cobardía es no apuntar siquiera esta pobreza,
este verdadero instante:
las calles goteantes
como los pasillos de una casa antigua y anegada
(milagrosamente salvada)
hasta salir a la abierta, luminosa
lluvia del atardecer del mar
de la bahía de Santa Marta.


8

Con Jesús, el muchacho colombiano
que venía de Ibarra,
cruzamos la frontera
donde esperaba el hijo
y su madre que me bendijo
como si me debiera
un tesoro. Tan natural fue todo
que aun compartimos la cena
antes de su partida.
Y cuando se perdieron
comulgué con la magia de la escena
en la tristeza llena de fervor
en el frío libre y desorientado
que recorrió las calles a mi lado.


9. Diario de la intensidad

Vi la primera tormenta a lo lejos, encajonada,
con ganas de marchar, y pude adivinarla
en pleno sol en el húmedo silencio que rodea
los frescos de la capilla de Susques y después:
un volcán borrado tras un rasgón de lluvia y
las perdigonadas de hielo afuera de Colchani
buscando los refugios de sal sumergidos en el lago y
la lluvia en Purgatorio, en Ataúd, en Afligidos,
la que obligó a cuadrarse contra la orilla al Masada II
en un tramo ancho del Ucayali,
la lluvia en el boulevard donde descuelga Belén,
la cordillera Escalera bautizada en silencio por la lluvia:
Camino Amarillo del Infinito
pero sobre todo, en sus flancos, la flor llamativa
y roja del tangarana –árbol de lluvias–,
la que compartía voces con otro volcán más al norte,
cosa que descubrí al día siguiente buscando
la misma comunicativa melancolía,
la lluvia recién comenzada y eterna y familiar en Yacambú
y la otra que profundizó la hermosura del bosque Henry Pittier,
la lluvia luminosa combando la bahía de Santa Marta donde
fijé, con el poder que a veces me acompaña,
el límite de la Tierra…


10

Si, como lo presiento,
tendré que reconstruir la casa un día
no debo olvidar la ventana de la cocina
apenas sobre el mármol que da al oeste,
a lo religioso de la luz atardecida del oeste,
filtrada por las ropas tendidas
y la verdura de unas cañas,
de donde adquiere volumen el pan,
el acero, la vasija griega
inútilmente retratada
–la luz sobre el azul femenino–
con la Rollei que rescaté
del olvido de mi padre
para olvidarla después con absoluta justicia
porque el humor de la luz,
el humor de la luz buscó mi padre con su cámara
y en acuarelas y aun en los calculados
y atractivos tonos (para el ojo esmaltado
de un pez secreto) que el plumaje de las moscas tomaría
sobrevolando los reflejos del pastizal
y al contacto con el declive del río
que lleva las aguas y a la luz de retorno
hacia la semi-apertura de la ventana.

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