domingo, 15 de agosto de 2010

Alejandro Nicotra / La tarea a cumplir




Lágrima de la Virgen

Lágrima-de-la-Virgen:
todo y nada es verdad
pero yo traigo en mi mano, desde tu pómulo
―desde el día ya espectral del jardín―,
la flor de agua celeste
y tierno sol.



Apunte de marzo

Ante la ventana
casi irreal
el abismo
abierto por la hoja al desprenderse
del árbol―

y su vértigo claro.



Trino

La nieve de setiembre aún en la cumbre
y en el granado ya la flor.
Oyes el trino:

el que engarza en tu oído,
a manera de ilusorio zarcillo,
aria de resurrección.



Dijiste acequia

Y es así como llega
―mito aún de la infancia: desde sus montes―
a buscar un lugar en otro reino:
con trino y menta,
atravesando la aridez,
discurriendo por las sílabas claras,
venturosas.



Así es

Todo lo que ha escrito la noche
―astros, espectros―
lo borra el alba:
así establece una página abierta
a tu verdad.
Sin ayer ni futuro
soy su lector
y recito a media voz esta luz,
esta sombra instantánea.



Esquela

Quisiera hacer de este día
un objeto, puntual ―tal como un cántaro
o una lámpara:
el poema
que aparente ser sólo superficie
―pero que guarde
sin embargo (¿para cuál hora tuya?)
la llama, el agua fresca.



La tarea a cumplir

ella ha viajado
Pablo Anadón

Y ahora,
educar a la letra en el hábito
de estas cosas:
el cielo de los pájaros
que cruzan hacia Occidente;
la hoja que vacila sobre la acera;
la vidriera del bar y su hora traslúcida;
la avenida que corre a una plaza vacía;
la ventana que no duerme en la noche;
la ciudad sin tu pie.



Aire del Sur

Como un aire que viniera del Sur
ya llega el tiempo
de encender, en el páramo de la estufa

otro fuego de invierno
―y ahí arrojar
la brazada de poemas extintos:
para aguardarte así,
sólo llama en la hora desnuda,
Virgen-del-Frío.



Antes de la tormenta

La tormenta,
que avanza
y ha cubierto ya el ángulo
del sur:
pero los árboles,
sus hermanas menores del jardín,
las cazuelas con agua,
no mueven ni siquiera una hoja, una onda:

yo atiendo a esa quietud, como a un asunto
personal.



Córdoba

A Rodolfo Godino

Es verdad: otra vez se ha abierto el día.
Y allí están, es un don, la grata cumbre
azul y la ciudad
querida.

Córdoba
―que balbuce, otra vez, en su mañana
el poema posible.

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domingo, 20 de diciembre de 2009

Ricardo H. Herrera / Una meditación

Motete

Ahora mi futuro es sólo fe,
ahora mi fe es apenas un sonido
en un vórtice puro de vacío.

El sueño es la cantera de mi ónix,
las sílabas las ascuas de mi Fénix,
Nadie es mi nombre y mi saber No Sé.

Cada día es el último, el primero,
clama la noche azul, ruega la aurora,
la angustia está de parto, aún no es la hora.

Asciende el torbellino de mi calma
limpio de historia: fábula del alma,
motete de voz blanca hacia la Gloria.




Árbol del ventanal

Se mece lento el suave poderío,
tarda en reverdecer el pacará.
Con su cuerpo imponente y retorcido
como el torso salvaje de un Laocoonte
se afianza en el vigor de la vejez.
Su loor agreste es casi imperceptible:
llegar tarde, ser viejo en primavera.

Qué primavera extraña... Madurada
como si fuese un don de la memoria.
Deseado esfuerzo y cruel renacimiento
que el pacará transforma hasta un extremo
de desnudez esbelta: filamentos
de verde tierno y transparente sombra.
¡Salva a tus hijos!, grita con su forma.



Debajo de las hojas

Alivia el peso leve de tus pasos;
alberga, aun con tormenta, esta arboleda
de olmos y pinos y álamos y plátanos.

Mana amparo del viento, del fragor
del follaje quejándose; en tus ojos
reina maravillada una fe diáfana.

Retén esta confianza; el iris verde
que inerme vence al caos volverá
con voz desnuda y ávida nostalgia.




Tras los vidrios

Cabe en un puño ahora mi experiencia,
es una nuez en mi morral de invierno;
un fruto seco, acaso atormentado,
pero en tu mano irradia calidez.
Cuando estoy a tu lado, cuando te hablo
voces arrebatadamente ansiosas
arden en su interior, crepita un fuego
de hojas secas y astillas y un olor
balsámico se expande entre los dos.
Tras los vidrios, el blanco de la nieve
y sobre el blanco un tordo; su plumaje
de color azabache exalta el frío,
transmuta el desamparo del paisaje,
cambia de especie todo lo vivido.



El viento en el laurel

¡Este viento en la noche, estas pisadas
huyendo como Dafne en lejanía
a la intacta blancura de la tela
o al silencio del libro!...

También en el poema aún oscuro
habrá metamorfosis, danza pánica;
ya aspiro el infinito en el aroma
de las hojas perennes.

Así como otros aman el desnudo
y lo dibujarían para siempre,
así amo yo la sed de las palabras
tras el encanto en fuga.



Una meditación

Una reminiscencia del silencio
en la paz de la página, alba o eco
de poesía inicial; y, manso, un río
que fluye y lento pule los guijarros
con una melopea sin palabras;
tiempo fuera del tiempo, luz de luz.

Arde la oscuridad en esa luz;
en esa hoguera inmóvil de silencio,
mudas, en transparencia, las palabras
se modulan, se abisman en un eco
de pura desmemoria; unos guijarros
dan el ritmo del tiempo, el son del río.

Tiempo del sentimiento es ese río
de rupestre rumor, funda la luz
del poema que nace: sol, guijarros,
y el desnudo de un cuerpo en el silencio
ya aproxima su aroma, deja un eco
de amada oscuridad en las palabras.

En la calma nocturna mis palabras
cifran la melopea de ese río
en formas de quietud, envés del eco
si aleja la aridez y hurta con luz
la nota cotidiana del silencio:
la pena o soledad de los guijarros.

Son estudio del alma estos guijarros
de sólida tibieza sin palabras
vibrando sobre el lienzo del silencio;
comparto su pobreza con el río
que hoy fluye en la memoria y extrae luz
de un verano remoto como un eco.

La melopea de agua ahonda el eco
del tiempo recobrado: unos guijarros
que atesoré por años, una luz
intensa y apacible, estas palabras;
a la distancia, en el olvido, el río
y una casa sumida en el silencio.

El eco alucinante del silencio
aún mora entre guijarros, junto al río;
es luz, luz que alimenta a las palabras.

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Santiago Venturini / El doble

lectura nocturna de Sylvia Plath


qué magnífico soy,
ahora,
perdido como una lámpara
de papel
en la noche llena de filos.

tanto pavor
me hace bello.

y sin embargo,
nadie ha venido para verme,
nadie es mi testigo.

¿ves el escándalo
detrás de este rostro?

¿puedes verlo,
nadie?

no,
no me aterra pensar
en el reverso,
imaginar el otro lado
escabroso,
un reflejo mío y ajeno
fuera de esta tierra.

lo que me aterra
es que cada día la oscuridad
se trague a la luz,
como dando las señales de algo
que se gasta:

un reloj,
un grandioso mecanismo,
una boca terrible que se come
todo.

no es la pasión
lo que me inspira.

las estrellas
no me alucinan.
están ahí, fijas,
desde hace millones de años,
como la costura del cielo.

la luna es un círculo
blanco,
macabro.
es una cara gorda.

si la miras demasiado
descubres el engaño.

todo podría derrumbarse,
¿lo ves?
la luna los techos afuera
las paredes que me dan una fría
seguridad;
todo podría estallar de pronto
como un vidrio,

como un golpe violento
en la superficie de un lago,
y entonces no tendrías nada.

(ya sé,
soy tan ridículo
como un recién nacido:
si abres la boca me asusto,
si me dejas solo,
tiemblo).

¿pero qué otra cosa
podrías enseñarme,
qué salmo o qué canto
podría inventar tu voz
para engañar a mis oídos?

oh
me dejaría convencer,
te escucharía quieto como una piedra,
con los ojos enormes y mojados,
como si toda mi vida
hubiese esperado que hables.

te asombraría en mi aberrante
fe,
capaz de aplastar
a las montañas.

no pienses
que ya no puedo salvarme,
no me tengas piedad.

no es un velo pesado
lo que oculta mis ojos,
sino la sombra espesa de un árbol
milenario,
sus ramas negras
grabadas en las pupilas
—soy una estampa
japonesa.

tan frágil soy,
tan puro.

como si lo único que supiera
hacer
fuera esperar el zarpazo
con esta preciosa

delicadeza



el doble

a Jimena V.

sobre mi sombra
tu sombra
—una copia perfecta:
los huérfanos siempre
se parecen.

las hojas se han vuelto
tan verdes,
aunque no sea yo
quien las mira.

al atardecer las ves
doradas.

así hablas en mí,
y así toco
la niebla de tu rostro que no veo,
pero es mío.

nubes días latidos que se borran
entre la calma de saber
que has llegado
y el temor a verte otra vez
desaparecer.

y la noche se vuelve siempre
inmensa,
y sé,
que te pesarán las mismas estrellas,
que la oscuridad te dará lo mismo

que me ha dado:
una corona encendida,
y esta larga memoria.

si alcanzaras a tocar
la punta de mis dedos
—me abrazo a mí mismo.

tu boca
que es mi boca
bajo las altas y heladas
constelaciones,

mis ojos
que son tuyos,
mudos y abiertos bajo millones
de años
y planetas




la sirena

Nothing forgotten in that continuity
of life to life…
Kathleen Raine


¿por qué nunca acabas
de caer?
¿por qué vuelves?

los mares no tienen
final,
se alargan leguas
y leguas:
te imagino a veces
en la olvidada profundidad,
bajo el peso del agua incalculable,
fantástica y lenta
como una sirena.

allí donde nadie puede verte,
donde nadie puede oírte
respirar.

hundo mi cara en el agua
y te escucho.

y sólo basta un golpe
de tu cola de pez
para que todo caiga.

se abre tu océano
y te impones
sobre las casas mudas
y las praderas.

las flores insolentes te acarician.

y yo
—diminuto blanco
gusano de seda—,
debo deshacer cansado
todo lo que hice en años,
para verte otra vez,
para otra vez saber
que cuando abra mis manos

ya no estarás allí

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viernes, 18 de diciembre de 2009

Ricardo H. Herrera / Imitaciones

Giacomo Leopardi: El infinito


Siempre vuelvo a este monte solitario
y al follaje que obstruye la visión
de gran parte del último horizonte.
Al llegar, admirando, me imagino
el infinito espacio más allá:
silencios sobrehumanos, honda calma,
hasta casi aterrar el corazón.
Mas no bien oigo el viento susurrar en los árboles,
y distingo esa voz
de aquel silencio inmenso,
me alcanza la memoria de lo eterno,
y la muerta estación, y la presente
y viva con su son. Así le entrego
a esta inmensidad mi pensamiento,
y me hundo dulcemente en este mar.



Umberto Saba: A la orilla del mar



Un día de festiva claridad,
a las seis de la tarde. Atrás del faro,
en un lugar tranquilo donde oía
sonar cencerros y la voz de un chico
jugando en paz al lado de los cascos
de viejos barcos, junto al ancho mar,
solo, sentado. Ahí alcancé, tal vez,
el límite de mi dolor humano.

Entre las piedras que iba recogiendo
para arrojar al agua (era un viga
el blanco, que flotaba) encontré un trozo
de un bello cuenco ocre, placentera
y útil forma una vez, en la cocina
con su ventana abierta al sol y al verde
de la colina. Incluso a eso un hombre
puede, angustiosamente, parecerse.

Pasó un barco de velas amarillas
que iba tiñendo de amarillo el mar,
y el silencio era extremo. De la muerte
ya no tuve deseo, sino vergüenza
de no haberla elegido todavía,
de dejarme tentar por cualquier cosa
que al asomar sobre la vasta tierra
me maravilla con su suavidad.





Giuseppe Ungaretti: Memoria de Ofelia d’Alba



Bellos ojos saciados
que detrás de los párpados cerrados
permanecéis ingrávidos
y prematuramente pensativos,
toda la vana luz fue consumida,
y en vosotros, las cosas inmortales
que apremiasteis con dudas inmaturas
en sus metamorfosis pasionales,
buscan la paz ahora,
y pronto, en vuestro abismo de silencio,
encontrarán reposo
como algo concluido:
ya símbolos eternos, ya palabras,
reminiscencias puras...



Paul Valéry: La durmiente



¿Qué enigmas del pasado reanima mi querida
tras su tierno disfraz, como oliendo unas flores?
¿Qué inciertos materiales, con sus tenues fulgores
tornan tan luminosa a una mujer dormida?

Soplo, sopor, silencio: la calma se prodiga.
Has vencido, quietud, más tenaz que la pena;
cuando la onda del sueño avanza y desordena,
conviertes a ese cuerpo en el de una enemiga.

Durmiente, áurea espesura de sombras y pasiones,
tu temible reposo desborda de esos dones.
Oh gacela tendida con honda placidez,

no obstante el alma ávida de anhelos encubiertos,
tu forma —el vientre puro, furtiva desnudez—
vela, tu forma vela. Y mis ojos abiertos.




Pierre-Jean Jouve: Belleza


Que Dios me dé el poder para expresar
la justa proporción de la belleza
libre del cuerpo donde sexo y lágrimas
se mezclan dando a luz la soledad;

que Dios me dé el secreto del poema
cual pan y vino contra el diablo triste,
oh belleza, la muerta, ven, asiste
a tu heraldo curado de apostemas;

Belleza, siempre indómita en el alma
ningún deseo te roza o te alcanza
tú entiendes mi avidez;
me aferra la ignorancia
desde el instante en que te di mis armas,
desde que amándote me consumí.




Robert Frost: Siega


No se oye otro sonido junto al bosque, sólo éste;
y es mi larga guadaña susurrándole al campo.
¿Qué le está susurrando? No sabría decirlo.
Tal vez le narra algo sobre el ardor del sol,
algo sobre la ausencia de rumores, tal vez,
y de ahí su susurro, su explicarse en voz baja.
Nada acerca del sueño que nos regala el ocio,
o del oro ofrecido por un duende o un hada;
lo que excede lo cierto le parece muy poco
al amor esforzado que cultiva en el cieno
(no sin sus tenues flores: las pálidas orquídeas)
espantando culebras de un verde deslumbrante.
Los hechos son los sueños más dulces del trabajo.
Susurra mi guadaña, mientras prospera el heno.




James Joyce: Una flor dada a mi hija


Frágil la rosa blanca, frágil también la calma
de quien la dio, de quien
más pálida y exangüe tiene el alma
que la descolorida ola del tiempo.

Frágil y bella — y todavía
más frágil es la extraña maravilla
que atesoran tus ojos,
hija mía.



Wallace Stevens: Mozart, 1935



Sentáte al piano, poeta.
Interpretá el presente, su tachín-tachín,
su tra-la-lá, su traca-traca,
su risotada resentida.

Si ellos tiran piedras al techo
mientras hacés arpegios,
se debe a que bajan por la escalera
un cuerpo hecho pedazos.
Sentáte al piano.

Esa clara reliquia del pasado:
el divertimento.
Ese diáfano sueño del futuro:
el sereno concierto...
Cae la nieve.
Tocá las cuerdas punzantes.

Hablá de tú,
no de vos. Hablá de tú, de tú,
al nombrar este miedo feroz,
al nombrar el dolor acorralado.

Que el tú asuma el sonido invernal
parecido al del gran viento aullando
por el cual la aflicción se libera,
disuelta, absuelta,
en un refulgente sosiego.

Podemos volver a Mozart.
Él era joven, y nosotros, nosotros somos viejos.
Cae la nieve
y las calles están llenas de gritos.
Tú, siéntate.




Ezra Pound: Ité

Que mis cantos reclamen el elogio
del hombre joven, del intransigente;
que seduzcan al que ama lo perfecto.
Que irguiéndose en la cruda luz sofóclea
soporten sus heridas jovialmente.




Wystan Hugh Auden: Rimbaud

Las noches, los andenes, el firmamento tóxico,
sus fieros compañeros ignoraban su meta;
pero en ese muchacho la estafa del retórico
explotó como un caño: el frío hizo al poeta.

Su endeble y tierno amigo pagaba la bebida
que metódicamente desarregló su vida;
rehuyó la proverbial idiotez de la época
y al fin les dijo adiós al vicio y a la estética.

El verso era un extraño trastorno del oído;
no bastó ser sincero; eso era casi igual
al dolor de la infancia; intentó otro camino.
Galopando por África, soñó algo más real:
un hijo, el ingeniero; el fin de la condena;
su verdad compatible con la mentira ajena.



Eugenio Montale: Al mediodía


Al mediodía pálido y absorto
junto al muro ruinoso de una huerta,
sentir en la maleza las presencias
de mirlos escondidos, de culebras.

Por la tierra o encima de las plantas
curiosear la labor de las hormigas,
ya sea que se dispersen o se apiñen
en la cima de su ínfima gavilla.

Al observar a través del follaje
las lejanas escamas del oleaje,
escuchar la cigarra que se obstina
con su chirrido en la árida colina.

Y al alejarnos bajo el sol que ciega,
sentirnos deslumbrados por la pena
de saber que esta vida y su faena
es como recorrer una muralla
rematada con vidrios de botella.



Attilio Bertolucci: Secuencia familiar

No pidas más, la dicha es este
apacible camino. Huyen los años
pero el día transcurre lentamente.
El sol se aquieta en párpados y muros;
tú, yo, los hijos, demos gracias
cada uno a su modo.

Y cuando el tiempo
venza al encanto que miramos frágiles
en este largo día de ocio íntimo
(ya de regreso, en la sombra de un pórtico
encuentran protección las golondrinas),
oh, que en la lumbre incierta de la tarde
en donde la estación se exalta consumándose,
de nuevo entre nosotros la hermosa primavera,
negros vuelos y gritos al poniente
presagien otra noche de lluvia igual a ésta
que le dé paz a nuestra unión terrena.



Giorgio Caproni: Concluida la obra

a Ermando Nobilio, maestro ebanista

Lo hecho, amigos,
hecho está. Podemos
guardar las armas. Cada uno
(si quiere —si es que alguien
lo espera) puede ir
libre hacia donde el corazón
lo impulsa. Yo
que no tengo casa
(que, aquí entre ustedes, vean,
y para ustedes, soy Dios
—que existe, se dice, sólo
cuando se le reza: un acto,
en el fondo, de desesperación
y negación), yo
—que no tengo un lugar—
prefiero quedarme
un poco todavía —calentarme
los dedos con el último fuego
para la cola, y expulsar
de la mano el temblor
que la agita; luego, reducido a cenizas
el tizón, desaparecer
“con el favor de las tinieblas”.



Pier Paolo Pasolini: David

Pobre chico, apoyado en el pozo;
qué grave es la alegría de tus ojos
si vuelves hacia mí tu soberbia cabeza.

Te pareces al toro que un día de septiembre
va de las manos de un niño risueño
mansamente a la muerte.

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Mariano Pérez Carrasco / 6 Poemas

Construcción de cenizas (Fragmentos)

I

Qué busco entre las manos?
Qué busco en el silencio
en la noche
en el hiato inexorable
de estos párpados?

Qué busco en la inútil espiral de estos días?
Incendiarme inútilmente entre las hojas del pasado?
Morir? O ser
la curva que traza la hoja en su caída?


XXVIII

Una mano que hace gestos sin palabras
Es una mano que no es

El círculo imperfecto de un pájaro en el cielo
El desorden geométrico de los techos
tejas manchas colores
en un ojo despierto que no ve

Las cosas sólo son en la visión del intelecto
Aquel vago perfume es una rosa
sólo cuando
lo comprendo y sin embargo
algo hay como una rosa antes del tacto
algo que permite el concepto

Ese algo (inmediatez amenazante del objeto
que aún no es) es el silencio

Pero ignoro el silencio cuando emerjo de él
y hablo Una vez que me separo de ese hueco
una vez que caigo
en el límite y palpo la rosa como una y
como rosa
todo mi esfuerzo apunta a regresar a ese silencio
a esa noche a ese hueco sin sombras
a ese sueño de todas las cosas

Regresar pero regresar despierto


XXXV

Estallan golondrinas en el cielo:
una imagen perfecta de morir.

Preguntemos, al modo de una hipótesis,
es decir, como un juego,
qué significa morir: no,
no la muerte tomada en sí misma,
esa ilusa persuasión de un brillo que se extingue,
ese gesto de adiós crepuscular,
preguntemos más bien
qué sería de este objeto que tengo entre mis manos,
ante quién
se abriría la persiana de mi cuarto,
o el sol a las cuatro
de la tarde prestándoles ceguera a los objetos
(libros mubles estantes) o dándole al polvo
entidad y visión, o, en todo caso,
para qué
esa danza cotidiana de insectos y de polvo,
cómo es
que tengo esta conciencia
de llevar la muerte en mí como un párpado
que se abre cuando todo lo demás se cierra.

Blancas ilusiones de la noche,
puras mariposas del atardecer.

Párpados abiertos al silencio de la tarde.
Mariposas incendiándose en el cielo: perecer.


XL

La angustia del tiempo que no pasa
La sed de los espejos

Persigo el grito miserable de la noche en mis oídos

Qué decir después de esto?
Todo el poema debe plegarse humilde a esa frase
resolverse en ella como el grito mismo que no capta

Ahora lo único que hay es esta angustia inmóvil del tiempo
y el espejo un símbolo deshecho entre mis manos

Gritar
Cómo gritar en esta página?

Cómo alzar esta voz inaudible en el río murmullo de la nada
o las horas que gimen histéricas?

Gritar es otra de las tantas
quimeras maniática desilusión
como el amor que se enciende un instante y luego estalla
calla
desvanece su presencia inalcanzable
se deshace
y es excusas el grito de una imagen en el aire

Pálida inevitable traición




Insomnio. Poema de otro tiempo (Fragmentos)


Vivir solo este tiempo habrá sido
perder toda esperanza en inútiles sollozos
condenarme a un silencio de monólogo sin sentido

Vivir sin tu rostro el desquicio de las horas
vivir solamente vivir habrá sido
padecer entre idiotas sin turno entre ebrios
sin vino o con el vino del mayor desinterés

Vivir habrá sido escribir estas rimas para nadie
un inútil artefacto del pasado

vivir entre sonámbulos que desprecio
vivir entre mujeres cuyas bocas me dan asco
vivir contigo o sin ti habrá sido
vivir para el incendio
vivir para el silencio en el que amo las palabras
vivir para el amor que he tenido y ya no tengo

vivir para buscarte y encontrarte nuevamente en el azar de las palabras
en el caos de las calles y los hombres que se odian
en el blanco desvelo en que me encuentran las mañanas

vivir
como la espuma del mar y la estela del barco
como la luz de las estrellas y todas
las imágenes que nombran los poetas


vivir habrá sido un desengaño hasta encontrarte
vivir habrá sido una caída hasta de nuevo nacer
vivir habrá sido un pecado en el que gozo en el que miento
[en el que juego a vivir y converso para más sentirme solo

habrá sido reír esta risa de idiota
dibujar sobre todas las cosas este signo de incógnita
ver los borrachos brindar con alegría a su desdicha
y romper en cada brindis las copas del pasado

vivir habrá sido solamente esperar
vivir habrá sido para mí
vivir habrá sido un hasta tanto

* * *

Entonces
qué importa

me dejaré crecer los cabellos y la barba
saludaré con la palma en alto el final del silencio y la mañana
traerá sus rosas pálidas a mi vida

dejaré
la ciudad y los escombros
el encanto sutil de la poesía

llevaré en mis manos los cuerpos cansados
de las noches y los días sin tu rostro
y todo el dolor de no estar a tu lado

volveré a la música de las flores
al llanto estéril de los pájaros

y que dios si es que existe me perdone

volveré a conversar el latín de los años

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Rafael Felipe Oteriño, Todas las mañanas

Todas las mañanas

Rafael Felipe Oteriño*


Baba del diablo

Un dictum biológico
nos lleva a creer que el mundo
se cierra tras nosotros, y que todo pasado
fue mejor. Mentira,
mentira de viejos que no quieren oír
el crepitar de las llamas
cerca de ellos. Por suerte, el mundo es más joven
e impredecible
que sus huéspedes. Y todo es
una cuestión de perspectiva: lo accesorio
sigue la suerte de lo principal,
el accidente no modifica el conjunto,
los meandros son y no son el río,
su espejo depende
de la corriente que pueda haber
aguas abajo. El futuro
es la gran incógnita y no está
en nuestras manos predecirlo. Menos aún
afirmar que no habrá futuro. La pervivencia, si la hay,
―porque bien puede ser una baba
del diablo que se enreda en el cabello―
es liviana y ágil como un globo
de gas, en cuya barquilla estamos
solos e indefensos.
Lo que ha aprendido esta cabeza
es a echar lastre
y a no controlar el rumbo.


Lo invisible

Miraba a través de las ventanas
y nunca era lo mismo;
el paso de los hombres y los ganados,
las nubes por encima de la cabeza:
todo era distinto cuando lo miraba por segunda vez.

Lo que a la mañana era dardo o trigo o bola de billar,
a la noche era fósforo
y permanecía encendido como el mismo sol.
La propia sombra era una figura desconocida,
recortada en el suelo.

La lluvia era otra, ¿acaso podía reconocerla
por sus largos silbidos?,
¿qué la mantenía unida a la infancia?,
¿qué hizo que fuera consuelo y no abismo?
¿Qué hay, fuera de foco, entre el presente y el pasado?

La vida toma de la vida su insistencia;
todavía aturdida por la oscuridad,
no cesa de sustituir lo visible por lo invisible,
y de dar a lo invisible
forma de pájaro, de pez, de lirio joven: de rostro.


Fotografía de mis padres

Este año no tuve presentes sus aniversarios,
qué raro, yo que aprendí de ellos reverencia y admiración.
Los años se atropellan unos a otros,
y ya es difícil saber qué está arriba y qué está abajo.
El anciano maestro, por ejemplo, está abajo
y sin embargo me acompaña
cuando doy mi clase a los alumnos;
su vino joven enrojece mi boca,
aunque su lección está lejos, diminuta en la tierra.
Todo es íntimo y necesario mientras vive,
luego toma formas redondeadas
y hasta puede rodar, ocultarse y regresar sin aviso.
Pero ya es otro y casi no lo reconoces.
Ayer encontré esta fotografía, extraviada hace muchos años,
y sus ojos, mirándose enamorados, parecían eternos.
Y eran eternos, porque es lo único vivo que ha quedado de ellos
y que continúa su coloquio en este cuarto.


En memoria de Raúl Gustavo Aguirre

Sus últimos poemas iban directos al blanco,
palabras urgentes, como centellas,
de quien ha visto todo y no oculta nada.
Los leímos sin saber que se despedía
del día y del verano, del optimismo de Bach
y de la primavera orgullosa de Mozart,
a quienes amaba sin explicar,
porque sabía que las invenciones de Dios
no se explican. Hay uno, Cierras la puerta,
en el que los límites de la casa
son los límites del mundo, y en ella caben
el miedo y el error, la cumbre y el suelo
movedizo donde todo confluye.
En otro, Preguntas, se retrata a sí mismo
desesperado, tartamudo, aterrado;
confiesa haber perdido las señas y murmura
que no tiene camino ni memoria.
Pero hay otro: final, escrito desde muy lejos,
en el que nos habla de una claridad
que se confunde con la claridad.
Pese a ser hija del lenguaje, la poesía
vela para que el lenguaje no pese.
Me despedí de él en una estación de trenes;
memorizo sus palabras, pero debo luchar
contra el tiempo, que me las arrebata,
las usa y las devuelve sin cesar a la vida.
La estrella fugaz se titula ese poema.


La caverna

Tiene la sustancia del mundo: la oscuridad;
una boca por entero abierta,
largos silencios de gigante que no se entienden;
el viento ha arrojado allí unas pocas palabras y las repite,
pero no son más que palabras, pues no regresan.

Yo permanezco a su lado: del lado del fuego.
Custodio la entrada y me observo
recortado en la sombra (no soy más que sombra).
Tengo la sustancia de los hombres:
curiosidad y entrega, asombro y veneración.


Artes

Primero, el arte de ser derrotado;
luego, el arte de conversar a solas;
más tarde, la serena indiferencia;
por último, el arte de no ver nada
aún viéndolo todo.

Cuánto tuvo que aprender esta cabeza
para ser calva, enteramente calva
―por dentro y por fuera―,
en el camino de una nube
que se aproxima despacio.

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Javier Foguet, En viaje

En viaje

Javier Foguet*



1

He aquí los hombres que me impresionaron:
el que apuntala su casa
con grandes árboles que no verá;
el hombre detrás del cementerio
que amusga los ojos porque allí se abre el paisaje
y todavía no ha sentido la tibieza de los aplausos
por regresar vivo, cada vez y sencillamente;
el que ha vuelto a escribir después de mucho tiempo
y aún es joven y dice que fue igual a encontrar un río,
cuando ya no se dice: estoy feliz, he encontrado un río,
toda la siesta he nadado en oro y el sol me seca la muerte.


2. Contra la soberbia

La importancia de tus ojos
está en la sombra,
como un tizne viejísimo,
que acumulan en sus orillas.
En estos días no he visto poetas,
hombres que sepan viajar
y no ignoro que es un peso
que cae precisamente sobre mí.
Pero he visto tus ojos.
He visto tus ojos.


3

Es ésta –yo que atendí
el abismo de que provenía
el extrañamiento
de tu pregunta: ¿esa música?...—
toda la magia en que creo.

a Josefina Sánchez


4

Si también hoy elijo las horas
de la tarde ya avanzada para ir
por el camino largo del Espinillo a San José,
toda la magia se habrá trasladado
a la geología del cielo, anfiteatro abierto
de cal y cobres, filones acuosos que lo atraviesan
(en San José el cuerpo de la nube
de la oración se abisma en el color
del espacio pero sus contornos iluminados
crean un rayo perdurable, blanco
sobre la espesura de una probable tormenta)
y los árboles son también sus descargas verdes
y las lomas del paisaje bajo el cielo
ocupado espaciosamente por las aves
de plumaje desértico
según los vientos que corren altos
y traen agitada dicha
a estas tierras.

para Inés Aráoz


5

Has llegado también aquí.
Como si hiciéramos las mismas rutas.
Acaso no voy a tratarte
a darte mi palabra
si te concentras cada vez
en el mismo fragmento de paisaje
en el mismo árbol donde he decidido
acabará el día
(aquel de Pelca
o este eucalipto
que respira
como un fuego).
Y tienes mi memoria exacta
toda vez que nos encontramos
donde no estamos
sólo que tiempo atrás
y siempre como desde el otro mundo.


6

Hoy te confundes con la noche,
que es otro lago sobre la caleta,
hasta que sólo tu voz se hace clara
como el oleaje
o el envés de los eucaliptos
y lejana
aunque de este modo regresas
más idéntica a ti misma
ahora que eres todo
el olor viajero y vacío
de estas orillas.


7 (en viaje)

Cobardía es no apuntar siquiera esta pobreza,
este verdadero instante:
las calles goteantes
como los pasillos de una casa antigua y anegada
(milagrosamente salvada)
hasta salir a la abierta, luminosa
lluvia del atardecer del mar
de la bahía de Santa Marta.


8

Con Jesús, el muchacho colombiano
que venía de Ibarra,
cruzamos la frontera
donde esperaba el hijo
y su madre que me bendijo
como si me debiera
un tesoro. Tan natural fue todo
que aun compartimos la cena
antes de su partida.
Y cuando se perdieron
comulgué con la magia de la escena
en la tristeza llena de fervor
en el frío libre y desorientado
que recorrió las calles a mi lado.


9. Diario de la intensidad

Vi la primera tormenta a lo lejos, encajonada,
con ganas de marchar, y pude adivinarla
en pleno sol en el húmedo silencio que rodea
los frescos de la capilla de Susques y después:
un volcán borrado tras un rasgón de lluvia y
las perdigonadas de hielo afuera de Colchani
buscando los refugios de sal sumergidos en el lago y
la lluvia en Purgatorio, en Ataúd, en Afligidos,
la que obligó a cuadrarse contra la orilla al Masada II
en un tramo ancho del Ucayali,
la lluvia en el boulevard donde descuelga Belén,
la cordillera Escalera bautizada en silencio por la lluvia:
Camino Amarillo del Infinito
pero sobre todo, en sus flancos, la flor llamativa
y roja del tangarana –árbol de lluvias–,
la que compartía voces con otro volcán más al norte,
cosa que descubrí al día siguiente buscando
la misma comunicativa melancolía,
la lluvia recién comenzada y eterna y familiar en Yacambú
y la otra que profundizó la hermosura del bosque Henry Pittier,
la lluvia luminosa combando la bahía de Santa Marta donde
fijé, con el poder que a veces me acompaña,
el límite de la Tierra…


10

Si, como lo presiento,
tendré que reconstruir la casa un día
no debo olvidar la ventana de la cocina
apenas sobre el mármol que da al oeste,
a lo religioso de la luz atardecida del oeste,
filtrada por las ropas tendidas
y la verdura de unas cañas,
de donde adquiere volumen el pan,
el acero, la vasija griega
inútilmente retratada
–la luz sobre el azul femenino–
con la Rollei que rescaté
del olvido de mi padre
para olvidarla después con absoluta justicia
porque el humor de la luz,
el humor de la luz buscó mi padre con su cámara
y en acuarelas y aun en los calculados
y atractivos tonos (para el ojo esmaltado
de un pez secreto) que el plumaje de las moscas tomaría
sobrevolando los reflejos del pastizal
y al contacto con el declive del río
que lleva las aguas y a la luz de retorno
hacia la semi-apertura de la ventana.

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