martes, 18 de enero de 2011


Jason Wilson:

Girri en la mira


(Versión completa en la edición impresa)
Alberto Girri: Poemas selectos
Selección y prólogo Jorge Monteleone
Corregidor

Alberto Girri: En selva de inquietudes (Antología poética)
Selección, edición y prólogo de José Muñoz Millanes
Editorial Pre-textos

No obedece a una coincidencia que dos antologías de la obra poética de Alberto Girri (1919-1991) hayan salido el mismo año. Girri tiene fama de ser difícil e intelectual, muy productivo, buen traductor de la poesía de lengua inglesa, y el único y mejor poeta argentino de la revista Sur. Lo conocí personalmente en 1970 por mediación de Aldo Pellegrini, e hice traducciones al inglés ―con su esporádica colaboración― de quince poemas suyos (es decir, una selección de lo que me pareció lo mejor de él). Era un dandy fumador, con un humor sarcástico y abrupto que a veces cortaba el diálogo. No toleraba la pereza o la estupidez. Digo esto porque siempre percibí una estrecha relación entre su persona de café y sus poemas. Como por ejemplo: un diálogo continuo y astuto con la literatura y el arte occidentales, enjuiciándolos desde su rincón porteño. Había en casi todos sus poemas cierta elegancia de pensamiento y, asimismo, el alivio de purgarse de toda cultura, de limpiarse de palabras... pero con palabras. Sus verbos claves son “examinar”, “considerar”, “juzgar”. Su meta era la lucidez, el “conocimiento de sí mismo”; no caer en las trampas poéticas y conceptuales.
En 1969, su amigo y editor Enrique Pezzoni preparó una Antología temática, y en 1983 Horacio Castillo prologó Páginas de Alberto Girri seleccionadas por el autor. Hubo además una Obra poética editada por Corregidor en seis tomos (1977-1991). Es decir, hubo varios intentos de impulsar la figura de Girri hacia una zona de mayor circulación que la de los libros de poesía. ¿Confirman las dos nuevas antologías que su tiempo ha llegado?
Empiezo con la selección de Jorge Monteleone. En su breve y conciso prólogo, que quizá respete demasiado la manera en que Girri mismo especulaba, Monteleone trata de explicar por qué Girri no fue bien leído en su ámbito nacional. Cita el mediocre poema de Juan Gelman, que superficialmente asocia a Girri con Octavio Paz y José Lezama Lima como poetas viejos, obsedidos por su muerte personal y una belleza estática. Después arma una lista de lectores que quisieron recuperarlo, empezando con Pezzoni e incluyendo a Pizarnik, a Carrera, a Fogwill y a Aira, como indicios de una nueva apreciación. Esboza bien el proceso cronológico de la poética girriana, pero no se arriesga a criticarla. Tanta metapoesía, tanta poesía sobre el proceso creador, tantas palabras sobre palabras, tantos poemas sobre el poema ¿no terminan cansando? ¿No hay un monótono y una monotonía evidente en la obra de Girri? Su sustraerse al ritmo, a la música sensual, a todas las trampas poéticas, no genera poesía, sino algo así como un tratado filosófico. Milton, en cambio ―es un ejemplo― quiso convertirse en poema. Ese intento de escribir poemas para llegar a un estado limpio de “poesía”, a una mente purgada de palabras, ¿acaso no guarda más relación con un manual de meditación que con el goce estético?
Mi recelo en relación con la obra de Girri estriba en que se apoya en un “discurso” extraliterario. Por ejemplo, la selección de cuatro poemas que hace Monteleone de Valores diarios (1970) está bien, pero omite el epígrafe de Krishnamurti. La prosa hablada de Krishnamurti está vaciada de sentimentalismo, de adjetivación, de estilo literario. Intenta explicar la vida mental como “constante reto y respuesta. Eso es la existencia, eso es la vida: constante provocación y respuesta. ¿No es así? El reto siempre es nuevo y la respuesta siempre es vieja.” Cito íntegramente el fragmento para dar un ejemplo del tono de la prosa didáctica de Khrishnamurti. Girri le da la razón. Mi intención es sugerir que Girri poetiza las percepciones de Krishnamurti usando el mismo tipo de prosa, pero cortada en versos; se trata de un “hecho sintático antes que musical”, tal como lo define agudamente Monteleone. Es por eso que Girri no se parece a nadie en la tradición poética. Y sin embargo está cerca de figuras como Krishnamurti o Daumal o Wittgenstein o Gurdjieff (acerca de éste habla en una entrevista, publicada en Crisis en 1976, y afirma que es su meta comportarse como “un ocasional seguidor de ciertas ideas del vapuleado Gurdeieff”). Son “maestros” que le enseñan a purgarse de toda poesía para llegar a un estado de lucidez, de pura atención y contemplación, incluso de integración interior, ética. Hasta hay un poema titulado “Tao” que parece un plan de meditación. En el poema “Ejercicios con Breughel” (abundan referencias a la historia del arte; Girri estuvo casado con la pintora Leonor Vassena) comprobamos su estrecho parentesco con la tradición “religiosa”, parentesco casi inexistente con la tradición poética: “De hecho / la visionaria caridad / de enseñarnos con desastres / a comprender lo que somos, / a librarnos / de parecer lo que somos.” Si hay aquí algún eco literario es con los metafísicos isabelinos como John Donne (a quien tradujo). Si su obra se repite, se debe al hecho de que nadie puede mantenerse en ese estado difícil, puro, afásico, porque las palabras y los conceptos inevitablemente vuelven como aire en un vacío, de golpe, y hay que empezar de nuevo.
La edición de Monteleone incluye un diálogo entre Enrique Pezzoni y Girri, y respeta al Girri traductor, ya que a menudo éste incluía traducciones al final de un libro, como el mexicano José Emilio Pacheco. Hay que reconocer que la dedicación de Girri al acto de traducir fue tan destacada como su propia obra. Pero juzgarlo en tanto presentador de poetas no traducidos con anterioridad prolongaría demasiado esta reseña. Quizá no traducía por afinidades electivas, sino más bien para no seguir escribiendo siempre el mismo poema. Tomo un ejemplo. Robert Graves insistió en que su poesía era refractaria a cualquier traducción, pero Monteleone incluye la versión que Girri hizo de The White Goddess (que, obviamente comparte el título con su largo ensayo). Una versión literal, con un desliz de sentido y sonido (aparte de una errata, “bancas” en lugar de “blancas”, y de la pérdida de la sutileza de la rima). Graves dice: Whose eyes were blue, with rowan-berry lips. Girri traduce: “Cuyos ojos eran azules, labios como bayas de fresno.” Ahora bien, un fresno no tiene “bayas”, y un rowan, árbol que da racimos de bayas rojas, no es un fresno. Al Mother de Graves, Girri lo transforma en “la Madre Montaña” (sabrá porqué) y concluye prosaicamente con “sin cuidarnos de dónde pueda caer el próximo rayo”, en contraste con el verso musical de Graves: heedless of where the next bright bolt may fall. El original es una canción, la versión una calcomanía en prosa. He cotejado su versión de un fragmento de los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot, obra de sutileza musical y conceptual sin par. Girri es fiel al sentido, pero pierde la sinfonía del pensamiento elotiano. Eliot dice: Words, after speech, reach / Into the silence. Girri, un poco impreciso, traduce: “Las palabras, después de hablar, logran el silencio”. Basta leer las versiones en voz alta para darse cuenta de que el oído de Girri es metálico. Al mismo tiempo, más hoy que cuando estaba en vida, la obra de Girri es un antídoto contra el telurismo ampuloso, contra el neopopulismo sensiblero y la confesión romántica y psicológica (un resumen de Saúl Yurkievich, cuyos poemas también son un homenaje a Girri).
La antología de José Muñoz Millanes tiene otro fin; propone a Girri como puro lírico, sin prosas, sin traducciones. Es una presentación de su obra a un público que no lo desprecia por intelectual y difícil, porque lo desconoce. Desgraciadamente, el prólogo adolece de un alarde de citas de moda y teje una telaraña de Agamben, Barthes, Benjamin, Deleuze, Blanchot, a los que se agregan Zambrano, Ortega y Gasset, Kant y Adorno citando a Valéry en un diálogo con “maestros” de la academia; parecen los tics de una tesina. Es una lástima, porque entre tantas fuentes de autoridad, hay buenas percepciones personales sobre el ensayismo de Girri, un buen cotejo entre Girri y su traducción de las Devociones de John Donne, sobre su “mentalismo”, sobre el soliloquio y una poesía “radicalmente intransitiva”. Está ausente la relación con la tradición poética y con el conocimiento sobrado del poeta porteño. Nadie puede negar la densidad alusiva de lecturas que Girri compartió con sus colegas de Sur o con alguien como Octavio Paz, devoradores ambos de todo tipo de textos. Siento por momentos que su poesía se parece al acto de ir arrojando del desván de su cabeza tanta lectura, como Quijote en la torre. Así lo dijo en “Preguntarse, cada tanto”: “el verdadero / hacedor de poemas execra la poesía, / [...] el auténtico realizador / de cualquier cosa detesta esa cosa.”
Ambos antólogos eligen poemas que van desde Playa sola (1946) hasta Juegos alegóricos (1991). Por ejemplo, de Quien habla no está muerto (1975) Monteleone elige cuatro poemas, uno de ellos es “Preguntarse, cada tanto”, casi su arte poética (elegido por Girri mismo en 1983). Muñoz Millanes elige otros dos distintos. De En la letra, ambigua selva (1972) Monteleone elige seis poemas, también Muñoz Millanes, con un poema en común: “Relación con gemas”. Cotejando al azar mi edición de El ojo (1964) con la antología de Monteleone, constato que no sigue el orden de los poemas que elige; además, dos versos están impresos al revés. En Muñoz Millanes todo está bien. No hago más estadística. Quizá ha llegado la hora de Girri. En librerías repletas de librejos de autoayuda, su poesía nos propone una limpieza mental profunda, casi inalcanzable.

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