viernes, 18 de diciembre de 2009

Rafael Felipe Oteriño, Todas las mañanas

Todas las mañanas

Rafael Felipe Oteriño*


Baba del diablo

Un dictum biológico
nos lleva a creer que el mundo
se cierra tras nosotros, y que todo pasado
fue mejor. Mentira,
mentira de viejos que no quieren oír
el crepitar de las llamas
cerca de ellos. Por suerte, el mundo es más joven
e impredecible
que sus huéspedes. Y todo es
una cuestión de perspectiva: lo accesorio
sigue la suerte de lo principal,
el accidente no modifica el conjunto,
los meandros son y no son el río,
su espejo depende
de la corriente que pueda haber
aguas abajo. El futuro
es la gran incógnita y no está
en nuestras manos predecirlo. Menos aún
afirmar que no habrá futuro. La pervivencia, si la hay,
―porque bien puede ser una baba
del diablo que se enreda en el cabello―
es liviana y ágil como un globo
de gas, en cuya barquilla estamos
solos e indefensos.
Lo que ha aprendido esta cabeza
es a echar lastre
y a no controlar el rumbo.


Lo invisible

Miraba a través de las ventanas
y nunca era lo mismo;
el paso de los hombres y los ganados,
las nubes por encima de la cabeza:
todo era distinto cuando lo miraba por segunda vez.

Lo que a la mañana era dardo o trigo o bola de billar,
a la noche era fósforo
y permanecía encendido como el mismo sol.
La propia sombra era una figura desconocida,
recortada en el suelo.

La lluvia era otra, ¿acaso podía reconocerla
por sus largos silbidos?,
¿qué la mantenía unida a la infancia?,
¿qué hizo que fuera consuelo y no abismo?
¿Qué hay, fuera de foco, entre el presente y el pasado?

La vida toma de la vida su insistencia;
todavía aturdida por la oscuridad,
no cesa de sustituir lo visible por lo invisible,
y de dar a lo invisible
forma de pájaro, de pez, de lirio joven: de rostro.


Fotografía de mis padres

Este año no tuve presentes sus aniversarios,
qué raro, yo que aprendí de ellos reverencia y admiración.
Los años se atropellan unos a otros,
y ya es difícil saber qué está arriba y qué está abajo.
El anciano maestro, por ejemplo, está abajo
y sin embargo me acompaña
cuando doy mi clase a los alumnos;
su vino joven enrojece mi boca,
aunque su lección está lejos, diminuta en la tierra.
Todo es íntimo y necesario mientras vive,
luego toma formas redondeadas
y hasta puede rodar, ocultarse y regresar sin aviso.
Pero ya es otro y casi no lo reconoces.
Ayer encontré esta fotografía, extraviada hace muchos años,
y sus ojos, mirándose enamorados, parecían eternos.
Y eran eternos, porque es lo único vivo que ha quedado de ellos
y que continúa su coloquio en este cuarto.


En memoria de Raúl Gustavo Aguirre

Sus últimos poemas iban directos al blanco,
palabras urgentes, como centellas,
de quien ha visto todo y no oculta nada.
Los leímos sin saber que se despedía
del día y del verano, del optimismo de Bach
y de la primavera orgullosa de Mozart,
a quienes amaba sin explicar,
porque sabía que las invenciones de Dios
no se explican. Hay uno, Cierras la puerta,
en el que los límites de la casa
son los límites del mundo, y en ella caben
el miedo y el error, la cumbre y el suelo
movedizo donde todo confluye.
En otro, Preguntas, se retrata a sí mismo
desesperado, tartamudo, aterrado;
confiesa haber perdido las señas y murmura
que no tiene camino ni memoria.
Pero hay otro: final, escrito desde muy lejos,
en el que nos habla de una claridad
que se confunde con la claridad.
Pese a ser hija del lenguaje, la poesía
vela para que el lenguaje no pese.
Me despedí de él en una estación de trenes;
memorizo sus palabras, pero debo luchar
contra el tiempo, que me las arrebata,
las usa y las devuelve sin cesar a la vida.
La estrella fugaz se titula ese poema.


La caverna

Tiene la sustancia del mundo: la oscuridad;
una boca por entero abierta,
largos silencios de gigante que no se entienden;
el viento ha arrojado allí unas pocas palabras y las repite,
pero no son más que palabras, pues no regresan.

Yo permanezco a su lado: del lado del fuego.
Custodio la entrada y me observo
recortado en la sombra (no soy más que sombra).
Tengo la sustancia de los hombres:
curiosidad y entrega, asombro y veneración.


Artes

Primero, el arte de ser derrotado;
luego, el arte de conversar a solas;
más tarde, la serena indiferencia;
por último, el arte de no ver nada
aún viéndolo todo.

Cuánto tuvo que aprender esta cabeza
para ser calva, enteramente calva
―por dentro y por fuera―,
en el camino de una nube
que se aproxima despacio.

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