martes, 18 de enero de 2011


Ricardo H. Herrera:

Poetry for export

(Versión completa en la edición impresa)


Antología de la poesía argentina del Siglo XX
Selección de Daniel Samoilovich
Traducción al inglés de Andrew Graham-Yooll
Ministerio de Relaciones Exteriores,
Comercio Internacional y Culto



Por el simple motivo de que este libro en edición bilingüe (español-inglés) contó con el patrocinio del gobierno nacional –a efectos de ser expuesto en la “Feria del Libro” de Frankfurt, representando a nuestro país en su condición de “Invitado de Honor 2010”– sería desatinado considerar que estamos frente a una antología más, una de las tantas que se han publicado últimamente. No hay tal cosa, en absoluto; la sola proyección internacional a que aspira el libro lo demuestra. Se trata, a todas luces, de un propósito meditado, que apunta a acercar al mercado editorial mundial el reclamo de un producto actualizado, asimilable por cualquier lector cosmopolita, ya que pone en sincronía el vanguardismo y la extensión temporal que suele rotularse con el membrete “Siglo XX”. Nada de lo que acabo de apuntar se sugiere en el libro, falta un prólogo que se haga cargo de la operación literaria que se ha llevado a cabo, sin embargo la coherencia del conjunto habla claro al respecto: nada es casual. Se sigue resueltamente la política del hecho consumado, ya que el libro fue armado para funcionar en ámbitos donde no hace falta dar explicaciones. Por otra parte, intramuros, ¿quién pide o necesita explicaciones en el clima poético del “viva la pepa” que vivimos?
De resultas de la tácita intención programática que acabo de enunciar (Siglo XX = vanguardismo), el inicio del siglo pasado viene a coincidir para el antólogo –Daniel Samoilovich (reconocido poeta)– con la escritura de los primeros textos de Oliverio Girondo, fechados en 1920. Con el objetivo de hacer converger el comienzo de la centuria con la irrupción del vanguardismo, el siglo veinte samoilovichiano se inicia con un par de décadas de retraso. Se compensa esa importante sustracción temporal con el añadido de la primera década del Siglo XXI, momento en el que varias poetas –Bellessi, Gruss, Rosemberg– recopilan sus obras. Como todo parece indicar que los próximos diez años podrán incluirse holgadamente dentro del siglo de marras, la centuria prometida en el título de la antología acabará por completarse en un futuro próximo. Digo esto porque es evidente que el vanguardismo no tiene miras de eclipsarse desde el momento en que cuenta con un aval oficial tan dadivoso.
Si bien el libro carece de un prólogo en el cual el antólogo justifique su estrategia, es claro para cualquier lector con un mínimo de sentido histórico que se ha ignorado la cronología ex profeso, con el fin de dejar al margen a un poeta y a la descendencia literaria por él generada, un poeta que publicó su primer extraordinario libro apenas tres años antes de que comenzara el Siglo XX. Me refiero a Las montañas del oro de Leopoldo Lugones. No hay otro poeta en esta antología que pueda exhibir un exordio de similar potencia, mucho menos un desarrollo tan renovador y sustancioso de la promesa de poesía contenida en él. Que Lugones no es un autor que pueda considerarse decimonónico lo prueba no sólo el hecho de que la totalidad de su obra fue escrita entre 1897 y 1938, sino también el influjo profundo de su maestría verbal. Incluso el traumático legado de sus contradicciones humanas –tan dolorosamente opuesto a su cabal integridad de artista– es fecundo: habla de la confusión de un hombre desbordado por las circunstancias, que no cosechó prebendas de sus errores, sino únicamente amargura y soledad. Por otra parte, en la misma década del treinta, ¿acaso Yeats, Eliot y Pound, entre muchos otros poetas admirados por Samoilovich, no cometieron yerros políticos similares al de Lugones, sin que pese sobre ellos una condena de ostracismo eterno? Sólo Martínez Estrada ha podido ir al encuentro de Lugones con una crítica generosa, similar a la que muestra Auden por Yeats: You were silly like us: your gift survived it all; / The parish of rich women, physical decay, / Yourself...
La parábola creativa del autor de Las montañas del oro es de una complejidad y una abundancia tal que a mi juicio vuelve imposible la aplicación de la perspectiva reductiva de que se ha hecho uso al organizar esta antología. Además de ser uno de los máximos artífices de la lengua castellana, Lugones ejerció un magisterio perfectamente demostrable sobre las tres generaciones de poetas que le sucedieron: los postmodernistas, los martinfierristas y los cuarentistas. De su Lunario sentimental nace la modernidad poética en nuestra lengua; de sus Odas seculares –y sus derivaciones: Poemas solariegos y Romances de Río Seco– la conciencia del espíritu del lugar. Una serie de excelentes libros de autores posteriores a él se originan en esa última vertiente: Tierra amanecida, Cuaderno San Martín, Luz de provincia, Cinco poemas australes, Odas a orillas de un viejo río, Balada del río Salado, Campo nuestro, etc. De modo que dejar afuera a Lugones trae aparejada como lógica consecuencia la devaluación de toda esa descendencia poética: desaparición de postmodernistas de gran calibre –Banchs y Fernández Moreno, entre otros–, demérito de poetas relevantes de la generación martinfierrista –Borges, Mastronardi, Molinari, Marechal– y la eliminación total de los poetas del cuarenta (ya que Olga Orozco, la sola poeta incluida en el libro que se podría encuadrar dentro de esa línea, hace una única aparición para homenajear a Girri girrianamente, cuando en verdad su obra entera se deriva del Molinari de las odas). Borges, Mastronardi y Molinari son colocados por debajo del nivel de Girondo; rebajados no sólo en lo que hace al espacio de mostración de su poesía, sino también en lo que tiene que ver con el criterio con que se ha realizado la muestra. Oliverio Girondo aparece de cuerpo entero en la selección de Samoilovich (exudando vitalidad por todos sus poros), en tanto Borges, Molinari y Mastronardi son captados en escorzos que no dan una imagen cabal de la relevancia de sus obras. Colocar a Borges por debajo de Girondo es tan imprudente como negar a Lugones: equivale a perder el sentido de las proporciones (las imponentes bibliografías de ambos poetas bastan y sobran para zanjar objetivamente la cuestión).
La estrategia de Samoilovich es cómoda, eso sí; se desentiende del endiablado problema que supone emprender una antología integral de la poesía del escindido siglo veinte argentino; evita el conflicto que traería aparejado hacerse cargo de la dificultad que se deriva de aproximar el verbo de Lugones y de Borges a la vapuleada palabra del coloquialismo sesentista que impera con posterioridad a ellos. De ahí, tal vez, la falta de un necesario prólogo que dé cuenta de una ausencia tan ostensible como la de Lugones, y que asimismo intente explicar el acelerado distanciamiento entre calidad y cantidad que se genera en la poesía argentina a partir de la segunda mitad del Siglo XX. Tal desentendimiento le permite a Samoilovich reunir en un volumen conciso –y a su manera orgánico– lo que un previsible lector de Diario de Poesía, o un inexperto Spanish schollar, considerarían como lo más meritorio de la pasada centuria lírica. Sin embargo, prescindir de Lugones en nombre de estéticas implementadas a partir de los años sesenta, es algo más pernicioso que hacer estrategia literaria apostando a un canon políticamente correcto: es sustraerle a la inteligencia del lector la compleja trama de una época, es hacerle el juego a la ignorancia. De hecho, de los cuarenta autores seleccionados, sólo los nueve primeros dan cuenta de la poesía de la primera mitad del Siglo XX (pp.12-73); los treinta y uno restantes se inscriben en la segunda mitad, ocupando las tres cuartas partes del volumen (pp.74-285) y voluntariamente o a la fuerza se deslizan por un plano inclinado que confluye en el polo sesentista.
Demonizar a Lugones, fumigarlo a fuerza de reiterados denuestos ideológicos o estruendosos silencios, como en este caso, me parece una solución de corto alcance; la negación no lleva a ninguna parte, tarde o temprano el daño cultural que traen aparejadas las simplificaciones acomodaticias se pondrá de manifiesto. Cinco páginas con la mejor poesía de Lugones no sólo habrían desestabilizado profundamente esta antología, sino que habrían obligado a su autor a replantearla, ya que Leopoldo Lugones es a la primera mitad del Siglo XX lo que Juan Gelman a la segunda; también él, por ende, merece verse acompañado de la escolta que le corresponde, ya que la generó con instrumentos genuinos y de alta calidad estética. Borges, como es notorio, está por encima de la reyerta doméstica: pertenece al mundo, no a la sofocante clausura de las provincias argentinas (dato que la muestra de Samoilovich deja de lado, con absoluta tranquilidad de conciencia). De haberle dado cabida a la voz de Lugones, se habría tornado más compleja la tensión entre lo que se deseaba destacar y lo realmente destacable. La sola “Dedicatoria a los antepasados” de Poemas solariegos, con su entrañable resonancia arcaica, fruto de un amor desmesurado por el terruño y la lengua madre, hubiese reducido a polvo las ingeniosas majaderías de muchos ineptos (en las antípodas, por cierto, de la genuina alegría de Girondo, quien en Campo nuestro –libro no por azar soslayado en la antología– se hace eco del espíritu y la dicción de aquel memorable poema).

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1 comentarios:

A las 25 de marzo de 2011, 10:16 , Anonymous eva ha dicho...

Excelente artículo, Ricardo! Leerte me ayuda a seguir pensando y aprendiendo. Gracias!

 

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