domingo, 20 de diciembre de 2009

Santiago Venturini / El doble

lectura nocturna de Sylvia Plath


qué magnífico soy,
ahora,
perdido como una lámpara
de papel
en la noche llena de filos.

tanto pavor
me hace bello.

y sin embargo,
nadie ha venido para verme,
nadie es mi testigo.

¿ves el escándalo
detrás de este rostro?

¿puedes verlo,
nadie?

no,
no me aterra pensar
en el reverso,
imaginar el otro lado
escabroso,
un reflejo mío y ajeno
fuera de esta tierra.

lo que me aterra
es que cada día la oscuridad
se trague a la luz,
como dando las señales de algo
que se gasta:

un reloj,
un grandioso mecanismo,
una boca terrible que se come
todo.

no es la pasión
lo que me inspira.

las estrellas
no me alucinan.
están ahí, fijas,
desde hace millones de años,
como la costura del cielo.

la luna es un círculo
blanco,
macabro.
es una cara gorda.

si la miras demasiado
descubres el engaño.

todo podría derrumbarse,
¿lo ves?
la luna los techos afuera
las paredes que me dan una fría
seguridad;
todo podría estallar de pronto
como un vidrio,

como un golpe violento
en la superficie de un lago,
y entonces no tendrías nada.

(ya sé,
soy tan ridículo
como un recién nacido:
si abres la boca me asusto,
si me dejas solo,
tiemblo).

¿pero qué otra cosa
podrías enseñarme,
qué salmo o qué canto
podría inventar tu voz
para engañar a mis oídos?

oh
me dejaría convencer,
te escucharía quieto como una piedra,
con los ojos enormes y mojados,
como si toda mi vida
hubiese esperado que hables.

te asombraría en mi aberrante
fe,
capaz de aplastar
a las montañas.

no pienses
que ya no puedo salvarme,
no me tengas piedad.

no es un velo pesado
lo que oculta mis ojos,
sino la sombra espesa de un árbol
milenario,
sus ramas negras
grabadas en las pupilas
—soy una estampa
japonesa.

tan frágil soy,
tan puro.

como si lo único que supiera
hacer
fuera esperar el zarpazo
con esta preciosa

delicadeza



el doble

a Jimena V.

sobre mi sombra
tu sombra
—una copia perfecta:
los huérfanos siempre
se parecen.

las hojas se han vuelto
tan verdes,
aunque no sea yo
quien las mira.

al atardecer las ves
doradas.

así hablas en mí,
y así toco
la niebla de tu rostro que no veo,
pero es mío.

nubes días latidos que se borran
entre la calma de saber
que has llegado
y el temor a verte otra vez
desaparecer.

y la noche se vuelve siempre
inmensa,
y sé,
que te pesarán las mismas estrellas,
que la oscuridad te dará lo mismo

que me ha dado:
una corona encendida,
y esta larga memoria.

si alcanzaras a tocar
la punta de mis dedos
—me abrazo a mí mismo.

tu boca
que es mi boca
bajo las altas y heladas
constelaciones,

mis ojos
que son tuyos,
mudos y abiertos bajo millones
de años
y planetas




la sirena

Nothing forgotten in that continuity
of life to life…
Kathleen Raine


¿por qué nunca acabas
de caer?
¿por qué vuelves?

los mares no tienen
final,
se alargan leguas
y leguas:
te imagino a veces
en la olvidada profundidad,
bajo el peso del agua incalculable,
fantástica y lenta
como una sirena.

allí donde nadie puede verte,
donde nadie puede oírte
respirar.

hundo mi cara en el agua
y te escucho.

y sólo basta un golpe
de tu cola de pez
para que todo caiga.

se abre tu océano
y te impones
sobre las casas mudas
y las praderas.

las flores insolentes te acarician.

y yo
—diminuto blanco
gusano de seda—,
debo deshacer cansado
todo lo que hice en años,
para verte otra vez,
para otra vez saber
que cuando abra mis manos

ya no estarás allí

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