viernes, 18 de diciembre de 2009

Jean Starobinski / Philippe Jaccottet, Hablar con la voz del día


[Fragmentos. El texto completo en la edición impresa]

Al acercarnos a estos poemas se despierta una confianza. De un vocablo al otro, nuestra mirada ve desplegarse una palabra leal, que habita el sentido del mismo modo que la voz precisa habita la melodía. Ningún artificio, ningún apresto, ninguna máscara. Podemos recibir, sin que se interponga ninguna astucia, esa palabra que se ofrece sin rodeos. Un deslumbramiento y una gratitud se apoderan de nosotros: la dicción poética, el discurso poético (pero liberado de todo artificio oratorio) se vuelven entonces posibles, ¡todavía posibles! Era esto mismo lo que al considerar la mayor parte de las producciones actuales parecía justificar la desesperación, por no encontrar allí más que el recuerdo roto de lo que fue alguna vez la Poesía…

La confianza que despierta en su lector, Philippe Jaccottet se la debe sin dudas a la regla que se impone a sí mismo y que lo obliga a responder por cada palabra que escribe: se protege del exceso, la solemnidad, la grandilocuencia; desconfía de las imágenes demasiado brillantes, se horroriza ante la gratuidad. Para él, el mayor pecado sería no poder, a cada instante, refrendar su poesía con los gestos de la vida, con los matices auténticos del mundo percibido, con las certidumbres (la escasa certidumbre) del pensamiento. ¡Qué lejos estamos de una poética del libre abandono, del encuentro azaroso, del sea lo que sea! ¡Pero qué lejos estamos, también, de cualquier construcción deliberada! Discernimos, en cada palabra, la gentileza casi inesperada con la que procede, pero también el consentimiento (a veces tembloroso) que garantiza allí la validez, autorizándola a inscribirse en la página. Philippe Jaccottet nunca dice lo que cree poder decir. Éste es el fundamento ético de su poesía, que debe ser dicho con claridad: Jaccottet no cree que la verdad sea una palabra vana, ni tampoco cree que sea ilusorio intentar aliar, en un pacto indisoluble, lo verdadero con la palabra poética. La poesía de Jaccottet tomará su fuerza no de la energía improvisadora ni del ingenio de la combinación, sino de la exigencia constante de la veracidad: exigencia mucho más imperiosa en la medida en que no descansa sobre ningún presunto saber ni sobre ninguna convicción invariable. Su único garante es la relación de interrogación que mantiene con el mundo. Es importante precisarlo: la verdad –tan difícil de salvaguardar entre las mentiras que nos hostigan–, no es para Jaccottet ni una creencia, ni un sistema de ideas, ni mucho menos una intimación del sentimiento. Se revela en la aptitud de una determinada relación con el mundo, en la precisión renovada del vínculo con aquello que nos hace frente y se nos escapa. La franqueza poética de Jaccottet no cae ante el golpe de las dificultades que encuentra, de vieja data, la “preocupación por la sinceridad”; el ser entero es aquí una búsqueda y, para él, mostrarse fiel a sí mismo –fiel a la verdad–, no significa expresar cierta “naturaleza” preexistente sino enunciar esa búsqueda en las palabras mismas que la hacen progresar. Una paradoja aparente asocia, en esta obra, ignorancia y verdad; hace de la ignorancia el receptáculo de la verdad más preciosa, con la condición de que el no-saber permanezca perpetuamente en movimiento, abierto a todos los accidentes de la luz del mundo.

La apuesta, lo intuimos, no es solamente, para el poeta, poner a prueba su vida personal: se trata de ofrecer al lector el ejemplo contagioso de una palabra capaz de establecer una relación justa con aquello que designa. Si sólo esperáramos de un poeta el don de la precisión, deberíamos agradecerle por revelarnos la precisión misma: porque es ésta la que salvaguarda la posibilidad de la comunicación, es garantía de porvenir para el diálogo entre los hombres. No insistiríamos aquí sobre esta función, en verdad elemental, del lenguaje poético, si no estuviera hoy absolutamente oculta.

[...]

Si el poema permanece unido a aquel que lo pronuncia, agreguemos de inmediato que no estará regido por una personalidad tirana, preocupada por imprimir su marca en su estilo singular y en un lenguaje sin precedentes. Tal vez sea eso lo más admirable que nos ofrece la obra de Philippe Jaccottet: si bien no renuncia a la “función expresiva”, inseparable de la gran tradición lírica, el sujeto al que reenvía es el más discreto de todos, el más preocupado por diluir su presencia, por volverla casi invisible. El yo al que estos textos están constantemente subordinados rechazan cualquier autoridad: no son más que interrogación, inquieta apertura, simplicidad. Tienen poco que decir sobre sí mismos: dicen lo que les falta; en ocasiones, lo que descubren, la mayor parte de las veces, lo que no supieron retener. Si se presta atención a la evolución de la escritura poética de Philippe Jaccottet, se constatará que su progreso va a la par de una abolición y una restricción cada vez más acentuadas, que aumentan las posibilidades de la transparencia: se verá desaparecer poco a poco el detalle autobiográfico, que se perfilaba todavía en ciertos poemas de La lechuza (L’Effraie). La “Oración entre la noche y el día”, con la que se abre El ignorante (L’ignorant), implora: “Que la aurora (...) borre mi propia fábula, y que oculte con su fuego mi nombre”[2]. Al comienzo de La siembra (La Semaison)[3] leemos: “El apego a uno mismo aumenta la opacidad de la vida”[4]. Y todo ocurre como si el acrecentamiento de luz, apasionadamente deseada, fuera la recompensa de una ascesis en la que la conciencia reduce a casi nada su propia presencia:

Que la desaparación sea mi forma de resplandecer[5]

Sin embargo, no debe tomarse este olvido de sí mismo como el abandono de toda actividad voluntaria de la conciencia o como el deseo de un anonimato absoluto. El verso que acabamos de citar no expulsa al yo. Consagrado humildemente a la desaparición, el sujeto personal persiste, al acecho, pero a partir de ahora desembarazado de su propia historia, espaciosamente abierto a las apariencias del mundo y más apto para “hablar con la voz del día”[6]. Así, liberada de la inquietud por el yo, la conciencia no está sino mejor dispuesta a brindarse para una relación más justa con aquello que, afuera, le importa; con la gran escena a la que estamos cotidianamente adscriptos; con los elementos materiales que los presocráticos llamaban divinos: la tierra, el espacio, el aire, la luz, el viento, el tiempo. La palabra de Philippe Jaccottet no dimite en ningún momento de su deber de probarse a sí misma, de buscar la “confortación” que necesita, de hacer el balance de su progreso. Palabra que no es asaltada por el desorden y la perdición y que, sobre todo, salvaguarda frente a lo que se le anuncia del mundo, un poder de respuesta, una actitud de decir dónde se encuentra, aunque sólo sea para confesar su privación y su perplejidad. Palabra que renuncia al orgullo de la autonomía, pero que de lo poco en lo que está segura permanece totalmente dueña de su movimiento. Un título como Lecciones lo dice bien: delante de la realidad de las cosas (y se trata aquí de la realidad de una agonía), Philippe Jaccottet se siente obligado a una lectura exacta, a un desciframiento: el aprendizaje, por un sentido suplementario de la palabra lección, se vuelve el impulso del canto, la gran “lección de tinieblas”. ¿Cómo podría el yo aceptar su anulación, y cómo no exigir la presencia más sensible, ya que deben reunirse todas las energías de la atención para leer el texto auténtico que se ofrece a la lectura (a la trascripción)? ¿Cómo, por otra parte, podría el poeta interponerse él mismo, ya que lo más precioso para él es recoger en su integridad el mensaje enteramente ofrecido y envuelto por las apariencias?

Si el poeta desaparece, si el poema no recibe el estatus de objeto autónomo y completo, ¿no vemos ahondarse una especie de vacío? Sí, pero es ese el lugar de lo otro, de lo que el poema señala sin alcanzar, de lo que afronta o desea sin poder capturarlo. A través de lo que nombra, el poeta designa lo que no se deja nombrar. La limitación de ser que se impone el poeta, y la que le impone al poema, corresponde al ser inmenso al cual decidió hacer frente, y hacia el cual la voz y la mirada lanzan los finos arcos de un puente interrumpido. Aquello que todavía puede decirse llega, sin embargo, muy lejos: es una incursión maravillosa que franquea una parte del intervalo. Pero nunca es más que una parte, y la única esperanza del poeta es recibir, en las palabras que tiene el poder de pronunciar, un reflejo de aquello que no se deja alcanzar y dominar: luz, muerte o peligro.

Es decir que el poema, incluso si no pretende en ningún momento bastarse a sí mismo, se obliga a no dejar escapar nada que esté al alcance de la voz. De allí el trazado tan cerrado del verso, la alianza entre nitidez y docilidad en la sintaxis, la manera tan conmovedora con que la pasión personal, humilde y ambiciosa a la vez, avanza a través de la impersonalidad de una dicción pura. Porque Jaccottet, que apunta muy alto, resolvió partir de más abajo. La perfecta legibilidad de la escritura de Jaccottet, sus reparos para expresarse correctamente (sobre todo en sus textos en prosa), sus retoques simplificadores, me parecen en su conjunto el índice de su punto de partida en la vida cotidiana y la confirmación de su profeso amor por la luz: sí, la ama lo suficiente para dejarla circular en las palabras que traza, y para velar porque cada línea sea un camino de claridad para el lector, aun cuando hable de la noche y de la sombra. La elección de vocablos comunes, su restricción en el impulso metafórico, el respeto por las conexiones “naturales” y el fraseo regular de la lengua, son capaces de muchas y nuevas variaciones bajo esos dedos sensibles: he aquí lo que, en cada texto de Jaccottet, nos vuelve inmediatamente partícipes, sin haber sido interpelados o provocados directamente. Ninguna barrera se interpone a nivel de la percepción del texto: somos admitidos, recibidos, llevados por un aire cristalino. La dificultad no está en el abordaje del poema, en sus acercamientos: se encuentra mejor ubicada –en la región de los finales, allí donde la pregunta del poeta se une a la pregunta que cada uno de nosotros siente surgir en los las lejanías de su propio destino. Nuestra mirada puede escoltar el poema; puede, junto con él, sumergirse libremente, llevar a cabo su apertura en el espacio y, en lo más profundo, encontrar el límite donde se avivan conjuntamente el sentimiento por la intimidad conquistada y la pena por no ser suficiente para la tarea espiritual. La claridad en Philippe Jaccottet no es nunca una facilidad: es un riesgo suplementario, suprime todas las falsas pantallas para llevarnos a plena luz del día, delante de los últimos obstáculos, delante de la última o primera adversidad que la luz más vasta suma a su deslumbramiento.

*

[...]


Breve es la brecha, efímera es la plenitud airosa del poema. Después del largo acercamiento se nos concede furtivamente la visión, pero luego de la visión, otra vez la separación y la incertidumbre sobre lo que ha sido percibido (o solamente entrevisto). Ahora bien, ¿podemos aspirar a más? Philippe Jaccottet cree que no. Creerse poseedor de la certeza, pretender ser un “habitante de la verdadera vida”[8], pedir que el centelleo del amor absoluto no se agote: aquí está, sin dudas, el pecado capital que a lo ojos de Jaccottet está destinado a ser el más duramente castigado. Es notable que tres de las obras en prosa de Philippe Jaccottet aborden como tema inicial esta presunción posesiva: El ignorante comienza con una “Historia del avaro” que denuncia la preocupación por “esos bienes que deben cuidarse durante no se sabe cuánto tiempo.”[9] Y cuando evoca, en El paseo bajo los árboles, la ambición mística de William Russell (A. E.); cuando recuerda, al comienzo de Elementos de un sueño, el sueño musiliano del retorno al paraíso; cuando nos hace escuchar, en el admirable relato en forma de parábola de La Oscuridad, el lamento desesperado de un frustrado “maestro” que se había creído “victorioso de antemano”, Philippe Jaccottet se ve obligado constantemente a tomar nota del desastre sin precedentes que le está reservado a la voluntad orgullosa, a aquellos que pretenden atrapar, conservar y retener la verdad entre sus manos, dar un nombre a lo “inasequible”, traspasar la región de las apariencias para penetrar en el reino de las esencias inalterables. Y si se ensaña en denunciar este error, sabemos claramente que no lo hace sin antes admirarlo, y compartiendo a veces, quizás, esa temeridad. Pero para ser veraz debe reconocerse que “la luz no le es dada a quien la busca”[10], que la grandeza no puede ser nuestra morada permanente, que la sombra nunca deja de avanzar sobre nosotros. Ícaro cae y desaparece bajo las olas, insignificante accidente del paisaje: se ve la tierra, el labrador y sus lentos trabajos, el surco abierto, el círculo de las estaciones, un mundo de cambiantes apariencias. Un mundo en el que la belleza, es cierto, no está ausente, pero en el que las potencias negativas, la muerte, la miseria, la “baba” no dejan de amenazarnos, incluso si uno se aleja de esas metrópolis de arena y de dolor que son las ciudades: este mundo difícilmente habitable es nuestro único bien, y no ganaremos nada con darle la espalda.

[...]

Sostenido aún por la tiniebla interminable,
y empujada mi espalda por la noche brutal,
sin fuerzas en este amanecer de noviembre,
veo el arado del frío que se acerca y resplandece,
mientras detrás, en una luz creciente,
labra la sombra.[16]

Se sabe también qué íntima relación une, por un lado, los diferentes cambios visibles: el de las estaciones, el de los astros, el paso de la noche al día y, por el otro, la palabra poética, definida por Jaccottet como un pasaje de aire, de aliento. Vamos a citarlo otra vez, ya que él mismo enuncia su pensamiento con una claridad cristalina: “Palabra-pasaje, apertura para el hálito. También amamos los valles, los ríos, el aire. Nos dan una indicación sobre este hálito. Nada está concluido. Es necesario hacer sentir esta exhalación, el mundo no es más que la forma pasajera de este hálito”[17].

De este modo, el paisaje, constantemente presente en la prosa y la poesía de Jaccottet, toma un sentido emblemático que no se agota en su descripción: esa luminosa grandeza, esa obra de espacio y de viento, poblada de pájaros es, sin dudas, una figura del mundo visible; sin embargo, la palabra puede, en su paso, volverse eso mismo: luz, aire, vuelo y claro grito. El poema es, a un tiempo, impulso de la palabra viva y despliegue del espacio ofrecido a la mirada. Esta unidad se realiza en del acto del pasaje, es decir, en el reino de las apariencias transitorias, en el mundo corriente donde la ley de la muerte y del límite no puede eludirse. Estamos condenados al límite: no podemos olvidar la severa lección del castigo a los orgullosos. No sin que persista, sin embargo, el sentimiento vivo de lo ilimitado que da sentido a nuestra limitación –lo ilimitado de lo que nada podemos decir, pero sin el cual ninguno de nuestros limitados vocablos podría tomar forma. Lo ilimitado es, tal vez, según Philippe Jaccottet, el único nombre que podemos reservarle a lo que antes se llamó Dios. Y si bien la poesía ya no aspira a poseerlo, tampoco puede darle la espalda. “La totalidad de la actividad poética se esfuerza por conciliar, o al menos acercar, lo limitado y lo ilimitado, lo claro y lo oscuro, el hálito y la forma (…) Tal vez la belleza nace cuando lo limitado y lo ilimitado se vuelven visibles al mismo tiempo, es decir, cuando vemos formas pero imaginamos que no lo dicen todo, que no se reducen a sí mismas, que dejan a lo inalcanzable su parte[18].


Traducción de Santiago Venturini

* Prefacio de Jean Starobinsky al libro Poesía (1946-1967) de Philippe Jaccottet, Gallimard, 1971.
[1] El ignorante (L’ignorant), Gallimard, 1958, p. 66.
[2] P. 51.
[3] Es necesario destacar que en francés el término semaison designa tanto la “dispersión natural de los granos de una planta” (Litré) como el período durante el cual se realizan las siembras. De esto se deriva que la elección de la palabra siembra para el título de este libro en español deje de lado una de estas acepciones.
[4] La Siembra (La Semaison), Payot, Lausanne, 1963, p. 9.
[5] P. 76.
[6] P. 68.
[7] La siembra (La Semaison), p. 14.
[8] La Oscuridad, Gallimard, 1961, p. 166.
[9] El ignorante (L’ignorant), Gallimard, 1958, p. 13.
[10] La Oscuridad (L’Obscurité), p. 151.
[11] Elementos de un sueño (Élements d’un songe), Gallimard, 1961, p. 153.
[12] La Siembra (La Semaison), p. 50.
[13] Jean-Pierre Richard: Once estudios sobre poesía moderna (Onze études sur la poésie moderne), Le Seuil, 1964. “Philippe Jaccottet”, p. 236-276.
[14] La Siembra (La Semaison), p. 19.
[15] La Siembra (La Semaison), p. 25.
[16] Ibid, p. 23.
[17] Ibid, p. 35.
[18] La Siembra (La Semaison), p. 35.

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