sábado, 19 de diciembre de 2009

Ricardo H. Herrera / Editorial, No. 19


También ella, la poesía, puede llegar a causar contratiempos. La poesía natural se renueva cotidianamente sin ocasionar perturbaciones de ninguna especie; la poesía escrita, en cambio, puede ir haciéndose de año en año más esquiva y difícil. Quizás, en el ámbito de la lírica, lo único que no ofrece dificultades es el fragmento, la cita. Apuntalado por la prosa, aislado de su contexto, corpóreo e ingrávido al mismo tiempo en una suerte de eternidad de instante, un verso citado enuncia su perentoria promesa de vida y se desvanece con toda felicidad, coincidiendo en su destello de relámpago con la plenitud del silencio que repentinamente lo engendra e inmediatamente después lo absorbe. Pese a disponer de este último privilegio, no sucede lo mismo con el primer verso de un poema propio: su insuficiencia suele hacerse patente de inmediato. Comienza entonces la extravagante faena de conferirle un cuerpo a un momento de gracia. Ya avanzada la escritura del poema, la pretensión estrictamente poética de que entre letra y espíritu no haya fracturas, empieza a esfumarse. La convención ―siempre hay convención, el lenguaje mismo es convención― por momentos logra disimularse, por momentos hace palpable su abrumadora gravitación. El lenguaje de la poesía obedece a leyes de composición bien precisas, a veces rigurosas hasta la exasperación. Por lo tanto, ante el poema concluido, no sorprende que de pronto nos veamos situados en las antípodas del origen. Vale decir: lo que comenzó siendo un sugestivo esbozo del sentido en fuga se ha transformado finalmente en un prodigio técnico; en el mejor de los casos, forma superada con la forma, ya despojada de individualidad y accediendo al dominio de lo colectivo. La técnica convertida en un evento secundario a fuerza de ejercerla con maestría constituye un fenómeno más impresionante y revelador que cualquier temeridad subjetiva: pura desnudez en la que la tradición se supera a sí misma. Nuestra poesía ofrece cuatro sólidos ejemplos de esta hazaña, cuatro libros de intensa e inagotable musicalidad: La urna de Banchs, Romances de Río Seco de Lugones, Conocimiento de la noche de Mastronardi y El otro, el mismo de Borges. Tal vez un buen lector de poesía es aquél que, atraído por esa técnica, dejándose llevar por ella hasta la lejanía de su gran despojamiento, concluye por recuperar la humilde simiente del don primitivo. No hay poesía que persista sin la colaboración de ese lector reconcentrado y simultáneamente distraído; porque es necesario olvidar el poema para que éste vuelva a emerger en la mente como una promesa natural, cargado con la fuerza incomparable que sólo puede brindar la reminiscencia. Tras esa experiencia, el poema ha cumplido su ciclo de dolor, ya está en condiciones de recibir el privilegio de ser fragmentado, de disimular su cuerpo tan duramente conseguido en el gesto diáfano y magnánimo de un epígrafe.

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