miércoles, 11 de mayo de 2011



Ricardo H. Herrera

Mastronardi y nosotros


[Texto leído en la presentación de la Obra Completa de Carlos Mastronardi. Feria del Libro, 6 de mayo de 2011]

Trabajé mi primer ensayo sobre la poesía de Mastronardi durante todo el verano del ’84. En la década sucesiva, volví a medirme con su obra un par de veces más, constatando siempre con el mismo asombro la solidez de los valores estéticos que la sustentan. Por revelarnos el tesoro de una tradición, por exigirnos el máximo de atención y responsabilidad en nuestro vínculo con las palabras, hay lecciones de poesía que son en verdad inestimables. Arnaldo Calveyra, en su página liminar a la Obra Completa de Mastronardi (recientemente publicada por la Universidad Nacional del Litoral) calibra con exactitud lo que significa redescubrir intacta la gracia de una voz que nos acompaña luminosamente a través de los años; significa, afirma Calveyra, internarse en un ámbito de “tiempo sentido”, de “intensidad de días y de tardes concentrados a esa luz hecha de palabras sobre una página”.

Mastronardi, en tanto poeta, es uno cuyos procesos mentales están sujetos a figuras rítmicas, figuras rítmicas que se realizan en la modulación de la voz, en las inflexiones de la voz. La prosa (su prosa crítica, por ejemplo) analiza, especula, propone ideas; retenida por el ingenio y la ironía, la dicción de Mastronardi tiene algo del registro del falsete en sus ensayos y anotaciones periódicas; no así en sus Memorias, donde la realidad le concede un anclaje afectivo a su expresión. Su poesía, en cambio, crea un dilatado espacio de resonancia para acoger las inflexiones y las modulaciones de su voz más íntima, de su voz perdurable. Lo que hay de irreductible en su expresión poética ―vale decir: lo que hay de propiamente estético― constituye tanto la fuerza de secreto como la clave de comunicabilidad del arte del poeta. En virtud de una mirada puesta en total sintonía con el oído, Mastronardi lleva el verso alejandrino a una increíble cima de expresividad, generando con su lenguaje una transparencia visual y una pureza sonora en la que lo real recobra todo su espesor sensible. La cadencia mastronardiana no tiene rival en la poesía argentina, es realmente única. Elijo una estrofa de Luz de provincia para verificar mi aserto. Dice así:

Calles de intimidad sin nadie, olvido y sol,

y siempre unas bandadas atristando el oeste,

y ese vals en retreta, pobre encanto en la noche:

nos busca su florido pesar, su voz nos quiere.

Nada está librado al azar en el fragmento (una totalidad en sí mismo); constituye un instrumento de precisión. La secuencia sonora traza una larga y compleja figura melódica que se despliega calmosamente desde la primera hasta la última palabra de la estrofa, un arabesco sonoro de una limpieza de fraseo simplemente admirable. El juego entre vocales y consonantes es tan matizado que casi pasan desapercibidas las aliteraciones y asonancias que contribuyen a ese logro estético. A poco que leemos, comprendemos: la música busca al caminante solitario, lo busca y lo encuentra. Los cuatro versos articulan el pasaje de la luz a la sombra, del día a la noche, de lo inmóvil a lo dinámico; simultáneamente, dan cuenta de lo próximo y de lo lejano, de la calle de siempre y del horizonte último. Tiempo y espacio, época y paisaje concentrados en cuatro frases de exquisita modulación. Una hazaña. Las vetustas amalgamas “pobre encanto” y “florido pesar” ilustran la índole elegíaca de la voz mastronardiana. Al mismo tiempo, las nociones de musicalidad y de entonación lírica se funden en sus versos: el “vals en retreta” es imagen de la tonalidad de su propio canto, ese canto que se despide pausada y límpidamente, al tiempo que la afectividad se manifiesta en estado crepuscular, en retirada, en ausencia. La época en que se formó la literatura de Mastronardi ha muerto (¿quién se atrevería hoy a usar, sin sombra de ironía, las palabras claves de los versos citados: “intimidad”, “vals en retreta”, “pobre encanto”, “florido pesar”?); sin embargo, su voz sigue viva; su arte continúa conmoviéndonos, tanto por su excelencia musical como por su hondura afectiva. Su método, por consiguiente, aún es pasible de ser usufructuado provechosamente.

Ese método, sobre el cual abundó tanto Mastronardi, podría reducirse a tres palabras: composición, condensación, decantación. Sin embargo, hay un cuarto elemento que ha de incluirse necesariamente en el conjunto de su instrumental técnico: la gracia. “La belleza sin la gracia atrae pero no retiene”, reza una anotación mastronardiana del Cuaderno 1930-1931, fecha clave, ya que en esos años muy probablemente comienza a gestarse Luz de provincia. ¿A qué alude el poeta con la palabra “gracia”? Estimo que se refiere a una constante de su arte: la gracilidad, el agrado, lo grato, vale decir, la “llaneza cordial” en el trato con el lenguaje y con el lector. Es esta cualidad la que lo hace llegar a zonas de intimidad de características muy especiales, verdaderamente provincianas (en el mejor sentido de la palabra). No se trata de confesarse hablando, sino de alcanzar el registro afectivo de la confianza, algo que está ligado a la calidez nativa en el trato personal con los otros. Doy un par de ejemplos tomados de Conocimiento de la noche: “Compañero, perdona lo que falta / de espectáculo y fe...”; “Me gustaría verte, ser alguno en tu pecho...” Solidariedad, camaradería, complicidad emotiva. Estas virtudes tonales no pueden obtenerse por medio de la alquimia puesta en marcha por la condensación y la decantación; responden, más bien, a la sensibilidad misma del poeta, a lo intransferiblemente suyo. En el Cuaderno 1948-1950, Mastronardi copia una observación de Baudelaire que va al punto que trato de dilucidar, dice así: “La sensibilidad de cada uno es su genio”. Mastronardi era perfectamente consciente de que, en su caso, esa sensibilidad era de raigambre provincial; ningún otro poeta de provincia del siglo pasado supo hacer suya esta virtud tan conscientemente como él. Y no es casual, por supuesto, que sus obras más representativas, incluyan la palabra “provincia” en sus títulos: Luz de provincia, Memorias de un provinciano. Ningún horizonte urbano de revuelta literaria lo distrajo de su fidelidad a la entonación nativa. La soledad y el recelo por el siglo en el que le tocó vivir minaron sus fuerzas, pero su palabra poética nunca perdió la calidez, la afabilidad de la región natal.

No obstante los varios escepticismos que suelen darle muerte y nueva vida a la poesía ―el escepticismo de la historia, el escepticismo de la crítica, el escepticismo del propio autor― el caso mastronardiano sigue reclamando nuestra atención. No sólo por la absurda paradoja que entraña el hecho de que un poema como Luz de provincia, poseído por una evidente voluntad de integración comunitaria, haya podido crecer en el interior de una conciencia que padecía una marginación poco menos que absoluta, casi intolerable, sino por la rareza misma que encarna su poesía: tan escasa, tan preciosa, tan trabajada y al mismo tiempo tan poseída por la gracia. Más allá de las explicaciones que Mastronardi se dio a sí mismo al hacer sus anotaciones sobre su gran poema, más allá de las explicaciones que nos damos nosotros al escribir las nuestras, el enigma mastronardiano permanece; ni él ni nosotros acabamos de definir la mágica seducción que se desprende del encuentro de su verso con la realidad iluminada por la memoria, con el fluir de un tiempo apacible.

No pretendo sugerir con esto que frente a su poesía sólo resulte provechosa una adoración de catecúmeno, sino simplemente afirmar la primacía de la poesía sobre la crítica, sobre los interminables debates ideológicos y metodológicos. La persistencia de una poesía en el tiempo no sólo escapa a los cálculos de cualquier pronóstico crítico, sino que incluso supera las aspiraciones de la retórica que la hizo posible. En la medida en que elude el común desgaste de todo discurso que se fija en letras de molde, la persistencia de una poesía en el tiempo constituye una especie de más allá de la expresión: un hecho de verdad trascendente para nuestra literatura. Esta rareza, la perdurabilidad de los afectos por obra y gracia de la cadencia musical de la voz humana, esta rareza que fluye transparente como el agua en nuestra boca cuando la gustamos, constituye el quid de la madurez de la expresión. Dicho con palabras del propio Mastronardi: “Cuanto más firmes son los valores estéticos de una obra de arte, tanto más vaporosa o invisible nos parece su materia. Esos valores se dirían una gran corriente que todo lo arrastra y purifica.”

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